Confundir. Crear cortinas de humo. Distraer. En eso, las autoridades son expertas. Lo demostraron en el foro realizado en Flacso a propósito de los muertos lanceados en una zona colona de la amazonía. Se empeñan en hablar de supuestos planes de contacto forzado y hacer retórica basada en supuestos antropológicos y en buenas intenciones. A lo que no responden es a la situación de Marcos Duche que perdió a tres miembros de su familia; a la presencia de la petrolera y a sus informes; a las consecuencias de la sísmica en ese territorio; a la aplicación del código de conducta firmado por las petroleras.
Es más sencillo satanizar la presencia misionera en la zona, que por cierto, desde hace 30 años, ha documentado la situación de los pueblos aislados y las acciones u omisiones del Estado en varias publicaciones. Pero ni una palabra sobre cómo evitar los contactos violentos que hemos visto al menos desde el 2003. Contactos violentos que han dado como resultado varias muertes.
Hasta hoy no se ha detenido a ningún maderero ilegal (salvo a ocho motosierristas peruanos a los que se llevó a la carcel de Archidona sin un centavo ni para una llamada telefónica); no se ha visto ninguna acción frente a los grandes comerciantes de madera o a los jefes de dichas mafias; no se ha puesto control sobre las expediciones de algunos inquietos waorani en busca de sus vecinos; no se le ha exigido cuentas a la petrolera.
Nos empeñamos en decir que están voluntariamente aislados cuando los vemos cada vez más cerca –y cercados por todos lados- de esas peligrosas fronteras que les aterrorizan pero que también les atraen. Basta ver las lanzas, cuyos adornos ahora son nuestros desechos… seguro es más fácil con hacha que con piedra, con nylon que con chambira… porque estamos hablando de personas, de seres humanos, no de guacamayos.
Quedan tres escenarios: seguir ocultando la presencia de estos pueblos hasta que desaparezcan… ¡pues los van a liquidar!; sacar a todo el mundo de ahí, incluidos colonos, campesinos, petroleras, militares e incluso al pueblo waorani; o trabajar en el conocimiento, investigando su ubicación, siguiendo sus movimientos, controlando la presencia de gentes que representen una amenaza para ellos y dando señales de paz para que, poco a poco, dejen las lanzas, que en buena ley son signo de guerra, y tengan libre albedrío para circular seguros por su territorio sin miedo a balas perdidas, a los asaltos a sus casas, o a los estruendosos helicópteros, generadores y motosierras.
Le corresponde al Estado decidir. Si seguimos ignorando incluso su ubicación en el mapa, seguiremos tiñiendo de rojo la selva y asistiendo a funerales de los que el Estado no se hace responsable. Y a foros para discutir el destino y los derechos de las personas que ocultamos y que decimos “proteger”.
El Comercio, 13 09 2009
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